Grandes fotógrafas de la historia (Vol. 2)
Dorothea Lange, Diane Arbus y Graciela Iturbide
Si llegaste aquí desde el primer artículo de esta serie, ya sabes que hay miradas que no se olvidan. Si es tu primera vez, bienvenida o bienvenido: en el Vol. 1 de grandes fotógrafas de la historia hablamos de Eve Arnold, Inge Morath y Cristina García Rodero, tres mujeres que cambiaron para siempre el lenguaje visual del siglo XX. Hoy continuamos ese viaje con otras tres fotógrafas que, cada una a su manera, fueron más allá de lo que se esperaba de ellas y de la propia fotografía.
Dorothea Lange: cuando una imagen puede cambiar una ley
De Nueva York a los caminos polvorientos de América
Dorothea Lange nació en 1895 en Hoboken, Nueva Jersey. De pequeña contrajo poliomielitis, una enfermedad que le dejó una cojera permanente y que, según ella misma reconoció, le enseñó a observar el mundo desde un lugar distinto al de los demás. Estudió fotografía en Nueva York con Clarence H. White y abrió su propio estudio de retratos en San Francisco en 1919, donde trabajó con éxito durante años.
Pero fue la Gran Depresión lo que transformó su carrera y su conciencia. En los años 30, Lange abandonó el estudio y salió a la calle con su cámara. Lo que vio en los campos de California, en las caras de los trabajadores migrantes desplazados por la crisis, no podía quedarse en un archivo. Tenía que verse.
Migrant Mother y otras imágenes que sacudieron conciencias
En 1936, Dorothea Lange fotografió a Florence Owens Thompson, una madre de siete hijos en un campamento de recolectores de guisantes en Nipomo, California. La imagen resultante, conocida como «Migrant Mother», se convirtió en el símbolo visual de la Gran Depresión y una de las fotografías más reproducidas de la historia. Poco después de su publicación, el gobierno federal envió ayuda al campamento.
Lange trabajó para la Farm Security Administration documentando las condiciones de vida de los trabajadores rurales empobrecidos. Su archivo de aquellos años es un documento histórico de valor incalculable. También fotografió, con profundo malestar personal, el internamiento de ciudadanos japoneses-americanos durante la Segunda Guerra Mundial; imágenes que el ejército censuró durante décadas.
Por qué sigue siendo un referente imprescindible
Lange demostró que la fotografía documental tiene consecuencias reales. Sus imágenes no solo informaban: movilizaban. En una época en que la fotografía de prensa era casi exclusivamente masculina, ella se coló en los márgenes del sistema y los convirtió en su territorio. Falleció en 1965, pero su influencia sobre el fotoperiodismo social es tan vigente hoy como el día en que levantó su cámara frente a una desconocida en un campo de California.
Dato curioso: Lange nunca le pidió permiso a Florence Owens Thompson para publicar la imagen. Décadas después, Thompson declaró en una entrevista que nunca había recibido ni un centavo por la fotografía más famosa del mundo. Una historia que invita a reflexionar sobre la ética fotográfica, tan relevante hoy como entonces.
Diane Arbus: retratar lo que el mundo prefería no mirar
Detrás de la cámara, una mirada incómoda y necesaria
Diane Arbus nació en 1923 en Nueva York, en el seno de una familia acomodada de origen judío propietaria de una cadena de grandes almacenes. Creció rodeada de comodidad y convenciones, y quizás por eso desarrolló desde joven una fascinación profunda (y nunca disimulada) por todo lo que se salía de la norma.
Estudió fotografía con Lisette Model, quien le dijo algo que definiría su obra para siempre: «Fotografía lo que temes.» Arbus lo tomó al pie de la letra. Durante los años 50 y 60 trabajó junto a su marido Allan Arbus como fotógrafa de moda para revistas como Vogue y Harper’s Bazaar, pero ese mundo le resultaba profundamente ajeno. En 1956 lo dejó todo para perseguir su verdadero proyecto.
Los márgenes como centro del encuadre
Arbus retrató a personas enanas, gigantes, nudistas, travestis, artistas de circo, gemelos idénticos y gente corriente en sus casas, pero siempre con una extrañeza inquietante que convertía lo familiar en desconocido. Sus imágenes no son cómodas. Tampoco pretenden serlo.
Entre sus trabajos más icónicos destacan «Identical Twins, Roselle, New Jersey» (1967), que Stanley Kubrick utilizó como referencia visual para El resplandor, y su serie sobre residentes de instituciones mentales en Nueva Jersey, realizada en los últimos años de su vida. En 1967 participó en la exposición colectiva New Documents en el MoMA junto a Lee Friedlander y Garry Winogrand, un hito que consolidó su posición en la historia del arte.
Una influencia que trasciende la fotografía
Diane Arbus murió en 1971, a los 48 años. Dos años después, se convirtió en la primera fotógrafa estadounidense en estar representada en la Bienal de Venecia. Su influencia se extiende mucho más allá de la fotografía: cineastas, escritores, artistas visuales y diseñadores han bebido de su universo estético. Lo que Arbus nos dejó es una invitación permanente a mirar sin apartar los ojos.
Dato curioso: Arbus cargaba siempre con una pequeña libreta donde anotaba ideas, frases sueltas y descripciones de personas que veía por la calle. Muchas de sus sesiones comenzaban con meses de conversación y visitas antes de que sacara la cámara.
Graciela Iturbide: espiritualidad, identidad y el alma de México
Una fotógrafa que encontró su voz en el dolor
Graciela Iturbide nació en 1942 en Ciudad de México, la mayor de trece hijos en una familia de clase media. Estudió cine en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos y fue allí donde Manuel Álvarez Bravo (uno de los grandes maestros de la fotografía latinoamericana) la tomó como asistente y encendió en ella la chispa fotográfica.
En 1970, su hija Claudia murió con tan solo seis años. Iturbide ha reconocido en varias entrevistas que fue ese dolor el que la lanzó a recorrer México con una cámara: necesitaba salir, mirar, estar en otro lugar. Lo que encontró en ese viaje interior y exterior la convirtió en una de las voces fotográficas más singulares del siglo XX.
Nuestra Señora de las Iguanas y el universo zapoteca
Su trabajo más conocido surge de años de convivencia con la comunidad zapoteca de Juchitán, Oaxaca, una sociedad matriarcal donde las mujeres ocupan un lugar central en la vida económica, cultural y espiritual. De esa inmersión nació su libro «Juchitán de las Zetas» (1989), un retrato colectivo de extraordinaria riqueza humana.
La imagen más icónica de esa serie (y probablemente de toda su carrera) es «Nuestra Señora de las Iguanas» (1979): una mujer zapoteca con una corona de iguanas vivas sobre la cabeza en el mercado de Juchitán. La fotografía condensa en un solo encuadre toda la complejidad de esa cultura: naturaleza, femineidad, comercio, rito.
Iturbide también ha fotografiado comunidades indígenas de México, Estados Unidos y otros países latinoamericanos, siempre con el mismo método: tiempo, paciencia y presencia. No llega, fotografía y se va. Se queda.
El reconocimiento de una carrera singular
Graciela Iturbide ha recibido el Premio Hasselblad (considerado el Nobel de la fotografía), el Prix de Rome y la Medalla de las Artes de México, entre otros reconocimientos. Sus obras forman parte de las colecciones permanentes del MoMA de Nueva York, el Getty Museum de Los Ángeles y el Museo Nacional de Arte de México.
A diferencia de muchas de sus contemporáneas, Iturbide sigue activa y fotografiando. Su mirada no ha envejecido: sigue siendo tan precisa, tan respetuosa y tan profundamente humana como el primer día.
Dato curioso: Iturbide estuvo en la lista de los 100 fotógrafos más influyentes de todos los tiempos según el Time Magazine. Es, además, una de las pocas fotógrafas latinoamericanas cuya obra se estudia de forma habitual en las escuelas de fotografía de Europa y Estados Unidos.
Tres miradas distintas, una misma valentía
Dorothea Lange se enfrentó a la injusticia social con una cámara y una determinación inquebrantable. Diane Arbus convirtió la incomodidad en arte y nos obligó a mirar lo que preferíamos ignorar. Graciela Iturbide sumergió su lente en culturas que el mundo occidental apenas conocía y las devolvió en imágenes de una belleza y dignidad absolutas.
Las tres son, en distintas lenguas y latitudes, la misma cosa: fotógrafas que creyeron que su mirada importaba. Y tenían razón.
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Y si aún no has leído el Vol. 1 de esta serie, tienes una cita pendiente con Eve Arnold, Inge Morath y Cristina García Rodero. Te lo recomiendo mucho.
La historia de la fotografía también la escriben ellas. Cuéntasela a quien puedas.










